martes, 20 de octubre de 2009

RELATO VI



Rachel tiene una foto en sepia, borrosa, en el álbum. Se la dio alguien que conocía su historia. Mira el borde de la fotografía, su fecha indefinida, la mancha que le cubre. La mira mucho, muchísimo y también la acaricia. Como si desenterrara algo de su entraña, leyese las imágenes. La repasa como leen los niños, viendo formas que sólo ven los niños.
Siempre escarba la sutileza de lo esencial, la descubre. Le huele el olor del tiempo arrinconado. La estruja contra su corazón, no tiene familia, pero a la fotografía la encuentra magnífica, violenta, trágica, querible. Cuanto más la mira más la encuentra familiar.
La foto es real, atrozmente real, sin embargo se le antoja glamorosa. Hay una hilera de hormigas o insectos, que van subiendo en caracol. No, no son hormigas: son judíos. Y también prostitutas, protestantes, mendigos, locos y… Hay más, se podría decir que hay más detalles que no se ven, que no dejaron que se viesen. Hay miles, millones en hilera como cuando se espera una función en el cine o en el teatro. Hay trenes, alambrados, esvásticas…
Ahora, Rachel imagina, ve un pequeño detalle al costado, la sonrisa de una mujer que estira la mano saludando. Está rapada y se ve bonita, triste. Los álbumes tienen esas cosas, recuperan personas y objetos antes de que se llevaran todo. Antes de que llevaran a su madre que la saluda sonriente. A Rachel se le ocurre que su madre pensaría en su nombre, que le sonreiría también a ella, que la miraría desde allí. Es curioso: su álbum sólo conserva una foto.

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